Introducción
En Nada, hay muchos elementos que apuntan a lo material como un aspecto fundamental. Gran parte de la crítica ha visto esto como un trasfondo, no un componente central de la trama. Este ensayo propone una lectura en la cual los aspectos materiales son constitutivos de los sucesos principales, el desarrollo psicológico de la protagonista, y la formación de la identidad femenina en la novela. Como una obra de la primera posguerra, no es sorprendente que varios críticos la presenten como un retrato de un periodo de hambre y pobreza absoluta (Virumbrales 321; Petrea 71).[1] Sin embargo, la escasez no es universal en el texto. En su historia de la dictadura franquista, Sesma dice del hambre que “no cabe duda de su utilización como arma política, así como de la desigualdad en el reparto de los abastecimientos, asignados en función de una mentalidad de penitencia” (2024, 62-63) para las ciudades republicanas. Cuando Andrea se aventura fuera de la casa familiar, se relaciona principalmente con gente adinerada. Sus amigos son de “la gran burguesía barcelonesa” que recordaba “que existían cartillas de racionamiento, pero no que sus productos se utilizaran en casa” (Sesma 121). La brecha material entre Andrea y los personajes que conoce durante su año en Barcelona es esencial para el análisis socioeconómico de la obra. Ordóñez identifica la connotación de felicidad y plenitud material en la novela (1976, 71), pero al caracterizar las experiencias con sus amigos burgueses como puramente felices, no llega a explorar todas las emociones que Andrea experimenta por estas amistades. Encontramos un problema semejante con Ferreira Ribeira y su tratamiento del espacio en Nada: generaliza las casas de Pons, Ena, y la hermana de Gloria como contrapuntos a la casa de Aribau, perdiendo el contraste entre el barrio chino y la calle de Muntaner (2021, 258).
Algunos críticos citan aspectos materiales en lecturas que tratan otros temas de la novela. En una lectura neorrealista, la escasez es parte del “desquicie moral” (Sobejano 129) de la familia española después de la guerra civil. Congdon señala la importancia del recuerdo de un pasado más acomodado en su análisis sensorial de Nada. Destaca en el contexto de “la falta de libertad bajo los primeros años de la dictadura” (2024, 156) en el cual la crítica social no se podía hacer de manera directa, las descripciones de olores y sonidos permiten al lector “entender la situación de muchas familias españolas durante este periodo” (136). Aquí adoptamos una perspectiva semejante para analizar el papel de lo material en la trama y cómo el contexto socioeconómico presentado en la novela es un retrato importante de la sociedad española en este momento. Algunos interpretan el estatus social como una parte de la búsqueda de libertad de Andrea (Lamar Morris; Petrea). Aquí pretendemos indagar en esta idea para señalar que los momentos de libertad suelen ser momentos de sacrificio para obtener aceptación social. El aspecto socioeconómico también aparece en la crítica que trata el papel de la mujer y la psicología femenina. En su investigación de la “solterona” de Laforet, Galerstein analiza la importancia del poder económico de Angustias en la casa familiar (1977). Jordan y Wells sostienen que la desigualdad económica es una causa (aunque no la principal) de la envidia que Andrea siente hacia Ena (Jordan, “Looks that Kill: Power, Gender and Vision in Laforet’s Nada”; Wells). Por otro lado, en su ensayo clásico sobre la “chica rara”, Martín Gaite nos hace pensar en la burguesía en la novela y las “grietas que cuartean su aparente bienestar”, planteando que Andrea no desea vivir así (1993, 120). Estas diversas perspectivas tratan lo socioeconómico de la novela de modos distintos, pero no como un tema fundamental en sí que marca la narrativa.
Este ensayo propone un análisis del papel central de los temas de la pobreza y la desigualdad social en Nada a través de focos más específicos, incluyendo la deuda, la caridad y la identidad femenina. La lectura propuesta se construye sobre la afirmación de Bremer en su reflexión sobre la materialidad en la literatura que “un choix esthétique est toujours un choix social” [toda elección estética es siempre una elección social] (1986, 31). Al concentrar la atención en lo socioeconómico como fuerza motriz en la novela, notamos cómo las circunstancias materiales son una elección narrativa que es constitutiva de situaciones anteriormente atribuidas a lo psicológico, a lo puramente social, o a un determinado subgénero literario. La materialidad en la literatura forma parte de una “historia social del conocimiento” que revela la conexión importante entre la producción creativa y las estructuras sociales y económicas que marcan la vida humana (Burke). Destacar este aspecto de Nada, una novela donde la materialidad tanto de la ciudad de Barcelona como del piso de Aribau está constantemente presente, nos permitirá entender los problemas y relaciones centrales de una manera más amplia, utilizando el capital (tanto material como social) como punto de partida para la exploración de qué significa ser mujer en la primera posguerra española.[2]
La pobreza en la casa de Aribau
En los primeros capítulos de la novela, el personaje de Andrea se presenta mediante descripciones fundamentalmente materiales. Después de llegar, ella recorre la ciudad en un coche de caballos hasta encontrar la casa oscura de Aribau, llena de personajes inquietantes. Reflexionando sobre esa noche, la Andrea narradora dice: “atravesé el corazón de la ciudad lleno de luz a toda hora, como yo quería que estuviese” (Laforet 113). Es evidente que había soñado con el momento de su llegada; observa que Barcelona está tan bella como imaginaba. Cuando entra en el piso, sin embargo, la primera cosa que ve es “un recibidor alumbrado por la única débil bombilla que quedaba”, y en su cuarto, “una vela, porque la gran lámpara del techo no tenía bombillas” (114, 118). La oscuridad y la suciedad, en contraste con la ciudad luminosa, ilustran la sordidez de su nuevo hogar. Al entrar, Andrea narra que “luego todo me pareció una pesadilla” (114). La yuxtaposición de lo brillante y lo oscuro, de lo bello y lo horroroso, resalta que la pobreza en la casa es algo que no se puede ignorar. Desde la perspectiva de la materialidad literaria, los objetos en la casa no solo ambientan la escena, sino que actúan como signos narrativos de la precariedad social.
La incomodidad de su primera noche en Barcelona es intensificada por el contraste que tiene con su memoria de la casa en su infancia. Andrea recuerda el verano de sus siete años como encantador: sus abuelos eran más jóvenes, sus tíos le compraban golosinas y sus parientes reían todas sus gracias. Se pregunta: “¿todo esto podría ser tan lejano?” (122). Desde el principio, la familia de Andrea es retratada habiendo perdido algo – su estatus social, su comodidad, su paz y alegría – de un tiempo anterior. La Andrea narradora, una versión mayor de la Andrea de la acción de la novela, dedica varias páginas a contextualizar su sensación de “inseguridad frente a todo lo que allí había cambiado” (122). Así, la primera instancia de comparación social en la novela es entre distintas versiones de la familia, antes y después de la guerra. Aunque Jordan sostiene que Andrea hace “many references to her own insecurity” (1992, 84) y tiene razón en señalar la incomodidad que recorre la novela, es notable que la única vez que la voz narrativa explícitamente identifica sus emociones como inseguridad es al pensar en el descenso socioeconómico de su familia. Entre las descripciones de la pobreza material y la reflexión consciente sobre la caída en la pobreza, los primeros dos capítulos construyen una imagen clara del ambiente de Andrea, así como de la incomodidad y la vergüenza que lo acompañan.
Más tarde en la novela, la protagonista contempla otra vez estas ideas de pérdida y decadencia, preguntándose el ubi sunt retórico de “dónde se ha ido … aquella familia” (192). Al pensar en el pasado, con todos alrededor del piano en un salón con “confortables cortinas”, y dando paseos en “la alegre … calle”, introduce de nuevo la idea del declive material de la familia que la ha llevado desde esa comodidad a la escasez en la cual vive durante su año allí (192). La narración de estos recuerdos es otro momento donde vemos la importancia de la conexión entre lo material y lo social en la obra; los objetos del pasado – y su ausencia en el presente – materializan el cambio de estatus social que constituye el trasfondo estructural del desarrollo de la narración. En su imaginación del pasado, Andrea invoca el recuerdo de su madre fallecida y su “larga trenza de pelo negro” (192). En un ensayo titulado con esa cita, Wells trata el tema del luto, y lee esta mención de la madre como uno de los escasos momentos de reconocimiento del sufrimiento psicológico de Andrea (2012). Es fundamental, sin embargo, que ella termina esta reflexión diciendo que Angustias se llevará “su sombrero – el último sombrero de la casa – dentro de poco” (192). La imagen de un símbolo de estatus saliendo de la casa con cada hija hace que este momento de contemplación y sentimiento de pérdida esté relacionado no solo con la muerte de su madre, sino también con el descenso social de la familia. La existencia de un pasado mejor caracteriza la difícil realidad socioeconómica de la casa de Aribau.
La deuda y la caridad
Una de las maneras en que lo socioeconómico se desarrolla a lo largo de la novela es a través de los temas de la deuda y la caridad. Tanto en la acción como en las reflexiones privadas de la Andrea narradora, actos de caridad (y a veces el sentimiento correspondido de deuda) son un aspecto sustancial de la progresión narrativa. La comprensión que tiene de su condición material cambia en cuanto se da cuenta de la brecha entre los estándares de vida dentro y fuera de la casa. La comparación social y la ansiedad en torno del sentimiento de endeudamiento complican sus primeras amistades en la universidad, y son catalizadores para eventos claves de la novela.
La caracterización de Andrea al principio de la novela introduce el tema de la caridad y, así, la tensión narrativa provocada por la desigualdad socioeconómica. Cuando llega a Barcelona, su tía Angustias le comenta que no se opone a su educación universitaria “siempre que sepas que todo nos lo deberás a nosotros” (126). Hay cierta ironía en esta actitud de superioridad en una casa tan desordenada, y la protagonista no sabe muy bien cómo tomar estas declaraciones. Cuando su tía inspecciona sus zapatos y encuentra las suelas rotas, le explica que “cuando se es pobre y se tiene que vivir a costa de la caridad de los parientes, es necesario cuidar más las prendas personales” (154). El uso explícito de caridad y el tono condescendiente presentan a Andrea como la más económicamente limitada de todos. Ella no parece estar de acuerdo, intentando recordarle su pensión, pero Angustias insiste que no servirá para cubrir todas sus necesidades. Añade que las matrículas gratuitas que recibe no son mérito suyo, sino de su orfandad (126). Aunque su tía quiere que sienta una deuda por la caridad de la familia que la mantiene, reflexiona que al final del diálogo solo estaba “confusa” (127). Esta conversación es un punto de partida para el desarrollo del tema de la deuda. Con su familia, Andrea no se percibe a sí misma como receptora de una gran generosidad, pero esto cambia cuando sale de la casa.
Al empezar el curso universitario, la protagonista conoce a gente adinerada, cambiando el papel de la deuda en su vida. Mientras su tía asegura la comida en casa, su nueva amiga Ena le compra cosas que, para ella, son lujosas. Andrea no tiene dinero para sus necesidades más básicas, como un billete de tranvía, y mucho menos para visitas diarias al bar; por lo tanto, “a todo proveía Ena” (165). Esta dinámica pronto fastidia a Andrea. Reflexiona que “todas mis alegrías de aquella temporada aparecieron un poco limadas por la obsesión de corresponder a sus delicadezas” (165). Esta reacción es muy distinta a su ambivalencia ante las insistencias de Angustias sobre su endeudamiento. Con Ena, Andrea no puede disfrutar de su amistad porque está preocupada por una necesidad profunda de corresponder a su interés y generosidad. Este contraste resulta de la comparación social más directa en el mundo universitario. En vez de comparar su vida al recuerdo de un pasado dorado de su familia, Andrea está viendo su escasez material a través de su amiga cada día. Nombra la provisión de Ena como lo que le “arañaba de un modo desagradable la vida” (165). La desigualdad económica entre las amigas fomenta un verdadero sentimiento de deuda, no como el que Angustias sermonea al principio de la novela.
El sentimiento de obligación que Andrea tiene en el principio de su amistad con Ena es la fuerza motriz para su primer acto decisivo en la novela, el regalo del pañuelo de la primera comunión. La Andrea narradora concede que “no sé si era un sentimiento bello o mezquino … el que me empujó a abrir mi maleta para hacer un recuento de mis tesoros” (165). El uso del presente indica que la complejidad de las emociones que contextualizan este episodio es algo que todavía no entiende perfectamente, aun con su distancia temporal de la Andrea de 18 años.[3] Entre las muy pocas pertenencias en su maleta, encuentra un pañuelo de encaje que su abuela le regaló, y decide regalárselo a su amiga. Concluye que poder hacerle “un regalo tan delicadamente bello me compensaba de toda la mezquindad de mi vida” (166). El lenguaje en torno a su decisión indica una notable conciencia de desigualdad económica adquirida por tener una amiga tan rica. El regalo no solo resalta la disparidad material que es central en esta amistad, sino también la elección de la aceptación social a cambio de una reliquia familiar. Cuando a Ena le encanta el pañuelo, Andrea se siente “todo lo que no era: rica y feliz” (166). Esta reflexión revela el deseo creciente en la protagonista de una vida mejor, y es llamativo que “rica” viene primera en esta descripción (166). Aliviar su sensación de deuda es tan impactante que empieza las vacaciones de Navidad de buen humor (166). Este cambio de perspectiva refleja el peso de la deuda que Andrea siente desde el principio de su amistad con Ena, y cómo la percibida caridad de personas fuera de su familia tiene un efecto emocional más profundo en ella.
Aparte de ilustrar un contraste importante entre las relaciones dentro y fuera de la casa de Aribau, el regalo del pañuelo de la primera comunión da paso a un intenso conflicto familiar el día de Navidad. Angustias acusa a Gloria de haber robado el pañuelo de la maleta de Andrea, Gloria lo niega y Juan llama a Angustias “bruja indecente” cuando Andrea afirma que no es verdad (168). De un modo más sensorial, los gritos e insultos crean un ambiente estresante, donde Andrea siente “como si me hubieran acusado de algo” y “oprimida por una angustia infantil” (168). Aun después de que Andrea dice la verdad, Angustias no le cree y mantiene que está mintiendo para defender a Gloria. La escena se vuelve violenta cuando Juan le da un bofetón a su hermana que la deja en el suelo (169). Este episodio caótico es uno de los pocos conflictos que involucran a toda la familia (Román es el que había llevado hasta entonces las acusaciones falsas contra Gloria). Al final, la abuela pregunta a Andrea “¿no te gustaba mi pañuelo?” y esta, no sabiendo qué decir, piensa que “cualquier alegría de mi vida tenía que compensarla algo desagradable” (170). En solo cinco páginas, pasa del alivio inmenso de poder regalar algo a Ena, a las secuelas de sus acciones en su familia invasora y disfuncional. Es una parte rica de la narración impulsada por el primer acto verdaderamente autónomo por parte de Andrea, e inspirado por el sentimiento de deuda como consecuencia de la diferencia social.
Más tarde, en la segunda parte, la amistad de Andrea y Ena cambia cuando Ena empieza a ignorar a Andrea, y visita la casa de Aribau solo para ver a Román. En este momento de confusión y soledad inesperada, la protagonista se encuentra con Pons. Él es del grupo de Ena, y viene de una familia de clase alta también, continuando la caracterización de Andrea como pobre en casi todos los contextos de la novela.[4] Cuando Pons la ve en la biblioteca, le pregunta si va allí con frecuencia, y ella admite que no tiene libros. Al día siguiente, Pons llega “a la Universidad con unos libros nuevos, sin abrir”, una imagen de abundancia parecida a los cafés de Ena (240).
El regalo de los libros y la reacción de Andrea al gesto ilustran más las emociones asociadas con la caridad y la deuda en la novela. Pons le dice que puede quedárselos porque “han comprado en casa los textos por partida doble” (240). Es improbable que su familia hubiera comprado dos copias de cada libro y, por lo tanto, parece que está mintiendo para evitar que Andrea se sienta mal. De modo poco sorprendente, ella no le cree, y está agobiada por la misma sensación desagradable que describe cuando Ena le compra cosas. Es notable que ella también tenía una falsa excusa por su generosidad – un pacto para prohibir que los chicos invitaran a las chicas (165).[5] Aunque quiera llorar de vergüenza, Andrea percibe que la acción de Pons es bienintencionada, y decide no arruinar su satisfacción. Esta escena sigue el patrón de la angustia frente a la percibida caridad de la gente adinerada que marca el resto de la segunda parte de la novela. El regalo da paso a la visita a los “bohemios”, y finalmente la fatídica fiesta en la casa de Pons. La asistencia de Andrea a esta fiesta debe ser contextualizada teniendo en cuenta los criterios de la caridad y la deuda que subyacen en las acciones de la protagonista. Con Ena, Andrea podía devolver parte de su generosidad con un regalo material. Con un personaje masculino, sin embargo, no tiene tan claro qué hacer. La inseguridad de cómo proceder es en parte consecuencia del “enamoramiento de Pons” (283). Según mi lectura, la idea de aceptar su invitación para conocer a su madre y bailar juntos revela el deseo de Andrea de compensar la desigualdad que percibe entre ambos, una manera de hacerle feliz y de pagar la deuda que siente desde el principio de su relación como consecuencia de esa diferencia social. Al igual que en el episodio del pañuelo, sostengo que el sentimiento de deuda motiva la acción de Andrea y revela el intento de la protagonista de mitigar la desigualdad social que define su relación con Pons.
El tema de la deuda y la caridad nos permite ver cómo la desigualdad socioeconómica entre Andrea y sus amigos fomenta sentimientos que constituyen una fuerza motriz para la trama. Tanto en el caso del pañuelo de la primera comunión como en el de los libros, la deuda que Andrea siente por la generosidad de sus amigos adinerados motiva sus acciones, por lo que argumento que el aspecto socioeconómico no es un mero fondo para la acción sino el principio que organiza las relaciones y decisiones de la protagonista.
Modelos femeninos en Nada
Nada, como novela con una protagonista femenina y como novela escrita en un periodo del reforzamiento de normas de género tradicionales, es importante para entender el papel de la mujer en esta época. Como afirma Nash en su ensayo sobre el nuevo orden moral bajo el régimen franquista, “national Catholicism reestablished a highly structured patriarchal family that redefined the role of women as the traditional perfecta casada” (2000, 296). El intento de confinar a la mujer a la casa, al matrimonio y a la maternidad tiene implicaciones sociales y económicas. Nada explora las posibilidades que la protagonista tiene para su vida después de la universidad a través de sus varios modelos femeninos y sus propias experiencias. La variedad de caminos para las mujeres en la obra, en concierto con su estatus socioeconómico, desarrolla un argumento sobre cómo el capital social marca la experiencia femenina.
Un eje central de Nada es el descubrimiento de cómo ser una mujer en el mundo. A lo largo de la novela, Andrea forma su propia idea de cómo ser mujer a través de sus observaciones de las mujeres en su vida: Angustias, Gloria, Ena y Margarita. Todas ellas enseñan a Andrea los desafíos que implican cumplir todas las expectativas sociales sobre la mujer bajo la dictadura franquista, y cada una de ellas se sostiene sobre una tensión central fundamentada en su género y por su estatus social. La novela demuestra así rasgos universales de la experiencia femenina, pero también problemas de las mujeres como causa específica de su condición socioeconómica particular. Los distintos modelos de feminidad en la vida de Andrea resaltan las dificultades de ser mujer y cómo el capital social articula la búsqueda de una existencia legítima.
La primera parte de la novela está marcada por el modelo de Angustias, una mujer rígida y preocupada por el honor femenino. Después de que Andrea llega a Barcelona, su tía le explica que se está tomando en serio el trabajo de educarla. Durante una de sus primeras conversaciones, Angustias afirma que “eres mi sobrina; por lo tanto, una niña de buena familia, modosa, cristiana e inocente” (125). La tía tiene una idea clara de cómo debe ser una mujer joven, y atribuye estas características a la familia. Hay cierta ironía en el contraste entre esta afirmación y las observaciones de Román, quien describe la casa familiar como “un barco que se hunde” (139). El desacuerdo sobre el carácter de la familia hace que la posición de Angustias aparezca idealizada: comportarse como una mujer de buena familia puede salvarles del “desquicie moral” (1970, 129) que interpreta Sobejano. A lo largo de la primera parte se ve cómo Angustias lucha por alcanzar sus propios estándares de respetabilidad. Durante el episodio del pañuelo, cuando Juan grita “anoche no fuiste a Misa del Gallo ni a nada por el estilo”, Angustias está afectada (169). La relación sentimental con su jefe ilustra que, aunque quiera impartir en Andrea valores tradicionales, ella misma tiene sus secretos y desviaciones del camino moral. Su preocupación por lo que piensan los demás ilustra la relación entre las apariencias y los estándares sociales. Angustias es introducida como una mujer austera y modesta, pero una parte fundamental de su caracterización es la aparente imposibilidad de cumplir con este modelo femenino.
La tensión entre ideales y práctica representada en Angustias culmina con su decisión de entrar en un convento, y el contexto de su partida revela cómo los caminos posibles para una mujer están entrelazados con el capital social y la respetabilidad. Ella le explica a Andrea que se va para siempre, y que “es verdad que solo hay dos caminos para la mujer. Dos únicos caminos honrosos” (192). Como afirma Mizrahi, este punto de vista cumple con la ideología asociada con la Sección Femenina de la Falange, en la cual la mujer debe anteponer sus obligaciones cristianas y españolas (2010, 87). Angustias resalta el papel del honor en su decisión: “he procedido como una hija de mi familia debía hacer” (192). Las múltiples referencias que hace a su familia enfatizan el papel del capital social en sus consideraciones sobre qué hacer con su vida.
Los momentos antes de su partida en el tren revelan un detalle significativo sobre la importancia de lo socioeconómico en su decisión. Cuando las amigas de Angustias se reúnen para su despedida, hablan del pasado. Mientras conversan sobre el día que cumplió veinte años, surge la pregunta: “¿Y aquel pretendiente tuyo, aquel Jerónimo Sanz por el que estabas tan loca? ¿Qué se hizo de él?” (197). La precisa naturaleza de la relación entre Angustias y Jerónimo se mantiene indeterminada a lo largo de la novela, pero esto plantea la pregunta: ¿por qué no se casó con él? Juan le contesta, corriendo detrás del vagón de Angustias gritando “no te casaste con él porque a tu padre se le ocurrió decirte que era poco el hijo de un tendero para ti” (200-01). Aquí descubrimos algo fundamental, que la soltería de Angustias es en parte resultado del hecho de que su padre no aceptaba a Jerónimo como miembro de su clase social. Aunque Galerstein plantea que el matrimonio “was not available to her” (1977, 314), esto no fue por una falta de pretendientes, sino por la preocupación por el honor familiar, indudablemente vinculado con el capital social. Así, la tensión central de la vida social de Angustias – estar soltera y probablemente enamorada de un hombre casado – se debe a circunstancias socioeconómicas. El primer modelo femenino de Andrea está marcado por valores tradicionales y las dificultades para mantenerlos, introduciendo el tema de la insatisfacción de la existencia femenina que se mantiene a lo largo de la novela.
Dentro de la casa de Aribau, Gloria es contrapuesta a Angustias como un modelo femenino menos tradicional, con una serie de problemas distintos. Desde el principio, la esposa de Juan es caracterizada como una mujer ajena a la familia. Román la llama “imbécil”, mientras que Angustias opina que “es una golfilla de la calle” (133, 193). En una familia con tanta tensión interior, Gloria es muchas veces quien sufre de la ira de los demás. Andrea se fija en su maltrato, detallando “las señales de la paliza que le había dado Juan la noche antes y que empezaban a amoratarse en su cuerpo” (195). La madre joven no se conforma con el modelo tradicional que propone Angustias. Está casada, siguiendo uno de los “caminos honrosos” (192), pero su matrimonio abusivo no parece satisfacer los requisitos para la respetabilidad. También tiene la costumbre de desaparecer durante la noche, fomentando acusaciones de promiscuidad. Gracias a su amistad con Andrea, sin embargo, sabemos que Gloria está haciendo algo inocente, e incluso necesario. Le explica a la protagonista: “a veces voy a casa de mi hermana sólo para comer bien, porque ella tiene un buen establecimiento, chica, y gana dinero” (222). El hecho de que sus escapadas nocturnas sean para algo tan básico como para poder comer refleja la escasez material reinante en la casa de la calle Aribau. Hay una ironía terrible que, como observa Rodríguez, “Gloria es quien mantiene económicamente a la familia” (2000, 40), pero también es quien soporta insultos y abusos diarios.[6]
Aunque Angustias se preocupa por una idea más abstracta de la respetabilidad mientras Gloria busca subsistencia y seguridad física, las dos mujeres se encuentran en situaciones difíciles como consecuencia de factores socioeconómicos. Angustias está enamorada, pero ha tomado una decisión irreversible intentando priorizar el estatus social de su familia. Gloria tiene hambre, pero su esposo no trabaja y reacciona de manera violenta cuando ella intenta ganar dinero sola.[7] Ambas representan realidades femeninas pertenecientes a las secuelas de la decadencia de la pequeña burguesía que sufre la familia de Andrea. Sus desafíos reflejan las intersecciones de las normas de género y el capital (tanto material como social) en Nada.
Gloria y Angustias forman un contexto clave para contrastar la vida femenina dentro de la casa de Aribau con la de la clase alta, representada por Ena y su madre. Cuando Andrea conoce a Ena, la caracteriza como una chica que atrae a otros. Varios críticos han señalado la importancia de su amiga como un modelo; Jordan identifica a Ena como “Andrea’s … ego-ideal who fulfils all her fantasies regarding self confidence, social presence and female power” (1992, 91). Según mi propuesta de lectura resulta, sin embargo, fundamental diferenciar los aspectos de Ena que pertenecen a su persona y los que pertenecen a su estatus social. Andrea siente una brecha material con su amiga que trata de cerrar, aunque sea por un solo día, como vimos con la escena del regalo del pañuelo de comunión. Este deseo se extiende a Margarita, la madre de Ena; el día que Andrea cobra su pensión de febrero, le compra rosas, aunque ni siquiera tiene lo suficiente para comer todo el mes. Estos sacrificios evidencian la esperanza de que el intercambio material pueda reparar, aunque sea momentáneamente, la distancia social que separa a las mujeres. La narración, al subrayar esta ilusión, se hace consciente de la interdependencia entre lo económico y lo social que estructura el universo de Nada. El tiempo que la protagonista pasa en la casa de Ena revela cómo el estatus social puede articular la experiencia femenina e ilustra la brecha entre la calle de Aribau y la calle de Muntaner.
Un tema que surge a través de Ena y Margarita es el de las segundas oportunidades, y cómo suelen concederse a las mujeres más afortunadas. Una de las tensiones centrales de la novela es la época durante la cual Ena está ignorando a Andrea y a su novio Jaime, mientras visita a Román a menudo. Cuando Andrea se encuentra con Jaime, comparten el peso de la virtual desaparición de Ena. Su (ex)novio parece “despistado”, confesando que “Ena y yo no nos vemos ahora” (271). Andrea está en la misma situación, sin poder hablar con su amiga, aunque esté físicamente tan cerca. La reflexión fundamental es cuando Jaime le pregunta a Andrea si quiere mucho a Ena, y cuando ella contesta que sí, él le dice: “Bueno… Te debería decir como a los pobres… ¡Que Dios te bendiga!…” (272). Hay un reconocimiento de que amar a esta chica es estar a su merced, vulnerable a sus cambios de interés. Es fundamental, sin embargo, que esta temporal desviación del modelo de la ‘mujer buena’ no defina su futuro.
La segunda oportunidad de Ena viene después del episodio extraño en la casa de Aribau cuando Andrea interrumpe su conversación con Román por miedo a que le dispare. La protagonista, avergonzada, se va corriendo, Ena la sigue, y entonces tienen una conversación para resolver todo lo que había pasado. A pesar del descuido de su amistad durante meses, Andrea perdona a Ena. Poco después, Jaime le perdona también. La resolución de la novela para Ena, el plan de casarse con Jaime, es la que habría sido anticipada antes de toda la experiencia con Román. Ena puede jugar con la maldad de la casa de Aribau sin sufrir de ella. Al contrario de Angustias, que parece ir al convento no por devoción sino como un último intento de sentir que está viviendo una vida respetable, o Gloria, quien se queda en la casa sin promesa de más recursos financieros, Ena escapa sin arruinar la posibilidad de casarse con un hombre adinerado.
Margarita, la madre de Ena, le revela a Andrea en la tercera parte de la novela que ella también ha aprovechado una segunda oportunidad en su vida. Ella se encuentra con Andrea y le cuenta su pasado amoroso con Román. La joven ni siquiera tiene tiempo para reaccionar ante estas noticias inesperadas, porque Margarita habla durante varias páginas de la “extática adoración” que tuvo por él (311). Es chocante que esta madre de seis hijos, esposa de un empresario, quien parece estar viviendo precisamente los ideales de la “perfecta casada”, también fue víctima de los poderes atractivos de Román (Nash 296). La razón por la cual no se casó con él evoca la historia amorosa de Angustias; recuerda que su padre le preguntó: “¿Es que tienes que ser tú, mi hija, quien vaya detrás de un cazador de dotes?” (313). Aunque Margarita era de clase muy alta, y Angustias de la pequeña burguesía, las dos se enfrentaron con la desaprobación de sus padres por la clase social de sus pretendientes. Margarita resalta la importancia del capital social recordando: “con los ojos de mis familiares puestos en mí, me pareció imposible seguir demostrando mi amor por aquel hombre” (313). La familia resulta más importante que el amor para ambos modelos femeninos, pero el final de sus historias marca un contraste importante. Margarita se casó con otro pretendiente a gusto de su padre, mientras Angustias elige una vida religiosa para acabar en el lado opuesto del supuesto binario de matrimonio-convento.[8]
De otra manera, Margarita es contrastada con Gloria – ella pudo escapar del mundo oscuro de la casa de Aribau porque tenía una familia preocupada por ella (fuera por razones socioeconómicas, sentimentales, o las dos). Por no haber caído bajo el control de Román para siempre, ha podido encontrar alguna forma de satisfacción a través de la maternidad burguesa. Margarita se preocupa por las aventuras de Ena con Román, mientras que Gloria tiene que salir en secreto para comer. Los problemas particulares de su maternidad están indudablemente dictados por su estatus social. Jordan plantea que “both stories, told by women from opposite ends of the social hierarchy, are basically the same” (1993, 99). Reconoce la universalidad de la represión femenina, pero ignora el hecho de que estas experiencias son materialmente muy distintas. Gloria misma le dice a la abuela: “lo horrible fue que luego tuvimos que vivir aquí otra vez, que no teníamos dinero. Si no, hubiéramos sido una pareja muy feliz” (151). A través de Margarita, Nada afirma que la condición socioeconómica articula las maneras en las cuales cada mujer sufre de las expectativas en ella, y cómo el capital social puede dar segundas oportunidades para adherirse a las normas sociales y así encontrar alguna forma de legitimidad.
La construcción de estos cuatro personajes femeninos le transmite al lector la existencia de una tensión interna en cada mujer representada, en parte, como el producto de las normas de género en la posguerra temprana. Nada demuestra que la dificultad de cumplir con todas las expectativas para la mujer, sea el matrimonio, la maternidad, el honor, o la religión, trasciende las fronteras socioeconómicas. También ilustra, sin embargo, que las mujeres con más capital social tienen la habilidad de desviarse y luego encontrar un camino respetable. Los principales modelos femeninos en la novela son un testimonio de cómo el estatus socioeconómico articula los desafíos de la vida de cada mujer, y que mientras cada mujer vive bajo el patriarcado, su experiencia no puede ser divorciada de sus recursos sociales y materiales.
La propia experiencia de Andrea
Andrea es una protagonista muy observadora, de modo que los modelos femeninos son fundamentales para su aprendizaje de cómo ser una mujer en el mundo. Al mismo tiempo, ella también tiene experiencias formativas que le enseñan las intersecciones de la feminidad y el capital social. Muchas de estas experiencias son momentos con compañeros de la universidad y sus familias. El progreso narrativo de la novela demuestra los cambios sutiles en la comprensión que tiene de las posibilidades en la vida para la mujer, culminando con su partida para Madrid.
La idea introducida por Angustias que “una mujer no debe andar sola en el mundo” (192) es reforzada por varias experiencias que Andrea tiene con figuras masculinas. Gerardo aparece en la segunda parte de la novela reproduciendo la visión rígida que su tía tiene del mundo, viendo a la protagonista cerca de la catedral y diciendo “en serio, Andrea, si yo fuera tu padre no te dejaría tan suelta” (208). Esta es una de las primeras conversaciones que ella tiene a solas con un chico de su edad, y muestra de forma muy explícita el control masculino imperante sobre las mujeres bajo la posguerra en España. La mención de un padre también refuerza la importancia de la familia patriarcal, un ideal social imposible de cumplir para una huérfana. A Andrea no le hace gracia su comentario, narrando que se desahogó “insultándole interiormente” (209). Sin embargo, no contesta a Gerardo, una diferencia notable con respecto a la escena que tuvo anteriormente con su tía. Ideas sobre los límites para las mujeres aparecen otra vez en una conversación con Pons, cuando él le pregunta a Andrea qué quiere hacer después de graduarse. Ella dice que quizás le gustaría ser profesora, y él le contesta “¿no te gustaría más casarte?” (270). Pons no puede entender por qué Andrea querría trabajar; él pertenece a la burguesía catalana que, en la novela, parece conformar al modelo de la familia nuclear con una mujer esposa-madre. Andrea no contesta a su pregunta, indicando un cierto desacuerdo con su visión tan tradicional de los deseos de las mujeres. Pero, a diferencia del comentario de Gerardo, ella no insulta a Pons interiormente, ni explicita su desacuerdo en la narración. Así vemos una sutil disminución en su posición en contra de las ideas que limitan las imaginadas posibilidades para ella como mujer.
Otra instancia ejemplar de la interacción entre Andrea, las normas de género y la desigualdad socioeconómica es el estudio “bohemio” de los amigos de Pons. Mientras los chicos discuten sobre un amigo que dijo una “grosería a una florista de la Rambla”, Guíxols dice “vamos a merendar si Andrea tiene la bondad de hacernos unos bocadillos” (244). Aquí, marca una división clara entre Andrea y los chicos, situándola en una posición inequívocamente doméstica. Inmediatamente después, Andrea narra que “Pons observaba continuamente el efecto que me producían sus amigos y buscaba mis ojos para sonreírme” (244). Este detalle resalta la incomodidad de ser la única chica en este ambiente masculino, complicando la idea de que “Andrea feels comfortable and content playing the role of helpmate” (Ordóñez 71). Ella no se describe a sí misma como “divertida y contenta” hasta que cambian el tema de conversación (246). Al final del episodio, tiene emociones complejas sobre el estudio. Por un lado, se siente aceptada, invitada a un espacio especial con chicos que se consideran modernos y creativos. Por otro lado, las historias de vender arte le recuerdan la pobreza en su casa, y el pedido de los bocadillos la remite a las limitaciones puestas en una mujer. Esta experiencia marca las brechas de género y clase que la separan de estos chicos, un hecho que resulta difícil de superar.
El rechazo de Andrea en la fiesta de Pons es un momento fundamental en el desarrollo de su entendimiento de las posibilidades para la mujer en la vida. La protagonista demuestra un deseo de querer a un pretendiente de verdad; cuando Gerardo le besa, ella comenta que pensaba que “el primero que lo hiciera sería escogido por mí entre todos” (233). La Andrea narradora añade que “era neciamente ingenua en aquel tiempo”, una reflexión que, al final de la segunda parte, parece un presagio de que le quedaba porvenir con Pons (233). Cuando él le pide venir a su fiesta, Andrea no le dice que sí al principio. Se toma varios días para contestarle porque creía que “una contestación afirmativa a su ofrecimiento me ligaba a él por otros lazos que … me parecían falsos” (283). Siente cierta ansiedad por no estar enamorada de Pons, pero el deseo de marcharse de la casa y asistir a su primer baile lo supera. Ordóñez plantea que “Andrea is too deluded by her desire to be an admired and praised object to realize that her fantasies of femininity are doomed” (1976, 73). Es verdad que ella imagina el esplendor de la fiesta, la posibilidad de bailar y ser una mujer alabada. Sin embargo, no es hasta que Andrea vuelve a su casa y ve una pelea entre Gloria y Román que decide ir a la fiesta, porque “casi me parecía querer a mi amigo al pensar que él me iba a ayudar a realizar este anhelo desesperado” (291) de huir. Lo que parece motivar la decisión de Andrea no es una fantasía, sino la imposibilidad de seguir viviendo con su familia, enloquecida en parte por su estado material y su caída social. Aunque Ordóñez tiene razón en señalar el sueño de convertirse en la Cenicienta del cuento, Andrea no necesariamente tiene la “childish imagination” que propone (1976, 73). Esta tensión entre lo que quiere y lo que exigen sus circunstancias la conecta con las mujeres en su vida. La importancia de un día angustiado en casa nos permite ver su condición socioeconómica y la desesperación psicológica que conlleva como las causas principales de su decisión de ir a la fiesta.
A pesar de que Andrea fue a la casa de Pons buscando un escape de su vida familiar, es una experiencia que refleja su caracterización al principio de la novela como una chica inherentemente pobre. Al describir su llegada, la Andrea narradora se acuerda “de la madre de Pons y de la mirada suya, indefinible, dirigida a mis viejos zapatos” (297). Está claro desde el primer momento que no encaja en esa casa como querría, o como su amigo imaginaba. Es determinada como inadecuada, y ella se siente como la única persona que no encaja en ese “mundo que giraba sobre el sólido pedestal del dinero” (297). En este momento culminante de la novela, la protagonista se da cuenta de que es demasiado pobre para huir al mundo de Pons. La posibilidad de escaparse hace que ella vaya a una fiesta que resulta ser una larga demostración de por qué ella no es el tipo de mujer con quien Pons se va a casar. Cuando sale a la calle Muntaner, está en una posición frágil, en la cual dos fantasías – primero por ser una mujer socialmente atractiva, y segundo por el hecho de poder marcharse de la casa familiar – quedan rotas por su falta de capital social.
La conversación que Andrea tiene con Margarita después de la fiesta marca un cambio sustancial en su actitud hacia la identidad femenina y las posibilidades para la mujer. La transición entre la segunda y la tercera parte de la novela es continua, concentrando el tiempo narrativo en la novela y, así, impartiendo un énfasis intencional en este momento. Después de ser rechazada por la madre de Pons, se encuentra con la mujer de clase alta que siempre la ha aceptado. Durante la conversación, Margarita cuenta su historia de encontrar la satisfacción en un matrimonio infeliz a través de la maternidad. Andrea suele decir “la madre de Ena” en vez de “Margarita”, una caracterización que tiene sentido por la naturaleza de su relación. Sin embargo, Margarita defiende cómo la maternidad la ha transformado, de modo que arguye que es Ena “la que me ha hecho tal como actualmente soy” (314). Elabora que al principio de su matrimonio no estaba contenta, no entendía a su esposo y no quería hijos. Luego describe su embarazo y las dificultades emocionales que tuvo después del parto de una manera casi violenta. Al final, sin embargo, reflexiona que antes de ser madre era una mujer “insatisfecha y egoísta”, y después, una que comprende “las mil dulzuras del renunciamiento y del amor” (316). Al contar a Andrea esta parte de su vida, argumenta a favor de su visión de la feminidad. Es significativo que en su mayor parte no es una historia feliz. Al contrario, ella tuvo un amor fracasado con un hombre que Andrea sabe es extraño y egoísta, después un matrimonio vacío e infeliz y luego un embarazo desesperante. Aunque la vida de Margarita en su totalidad es distinta a la de Andrea por su clase social, y ella nunca ha experimentado la necesidad que existe en la casa de Aribau, la amargura que ella describe es la que Andrea reconoce con empatía en este momento de su vida.
Al final de este relato, Andrea acepta la maternidad como una posible salida a las condiciones de la vida femenina bajo este periodo histórico. Ella narra que “era fácil para mí entender este idioma de sangre, dolor, y creación”, y repite que “era fácil entenderlo sabiendo mi propio cuerpo preparado – como cargado de semillas – para esa labor de continuación de vida” (316, 317). El uso de la palabra “fácil” es notable; pocas cosas son descritas como fáciles de entender en la novela, y mucho menos las vidas de las mujeres. Sin embargo, Margarita cuenta su vida de una manera que convence a Andrea que la maternidad es algo que puede dar sentido a una mujer descontenta. Ella dice que “cuando la madre de Ena terminó de hablar, mis pensamientos armonizaban enteramente con los suyos” (317). Esta reflexión resume el cambio de la actitud de Andrea hacia la feminidad en este capítulo. En las varias conversaciones que tratan el papel de la mujer, con Gerardo, con Pons, con los bohemios, por ejemplo, ella parece cada vez un poco menos decidida a rebelarse contra las expectativas, y su experiencia en la fiesta y la conversación con Margarita después acelera este proceso de rebelión como mujer.
Al contrario de lo que plantea Jordan al decir que “since there are so few significant events in the novel, it is difficult to talk of any tangible story line at all” (1993, 93), sostengo que estos dos eventos en la novela muestran una evolución crucial en el desarrollo personal de la protagonista. El rechazo en la casa de Pons por su mezquindad fue algo necesario para que Andrea estuviese tan dispuesta a escuchar los consejos de Margarita, que giran en torno a la maternidad como remedio para superar una existencia infeliz. La secuencia de fiesta-conversación es, así, según mi lectura, la que implica narratológicamente la transformación de Andrea con unas renovadas expectativas de futuro. La fiesta le enseña cómo una falta de capital social cierra posibles vías de escape para una mujer. Margarita viene desde una perspectiva de clase más alta, pero su experiencia de encontrar felicidad en una situación de descontento hace que la joven piense en la maternidad de una manera más personal que nunca. Esta progresión de la actitud de Andrea hacia la vida femenina en la sociedad patriarcal da paso al final de la novela y a las posibilidades más allá de la casa de Aribau.
Al no aclarar el futuro de Andrea después de su partida para Madrid, el desenlace de la novela enfatiza la complejidad de encontrar un lugar legítimo en el mundo como mujer. Cuando la familia de Ena se va de Barcelona para sus vacaciones de verano, la protagonista percibe la ciudad como “infinitamente vacía” (346). Hay un sentimiento de regresión en los días de verano. Andrea encuentra a Gloria en la oscuridad de su habitación llorando, comentando de un modo que recuerda su llegada a la casa que “no se podía encender la luz porque alguien había quitado la bombilla” (347). Todo cambia cuando recibe correspondencia de Ena, ofreciéndole trabajo en el despacho de su padre. En una referencia implícita al fracaso en la casa de Pons, Andrea dice: “la carta de Ena me había abierto, y esta vez de una manera real, los horizontes de la salvación” (365). Es fundamental que la protagonista no se va de la casa de Aribau gracias a un pretendiente. Es su amistad femenina la que le permite la posibilidad de otra vida. Andrea se marcha de Barcelona sin planes de casarse, y la voz narrativa no da ningún detalle sobre su vida adulta, marcando la incertidumbre sobre el futuro que define el final de Nada.
Las últimas páginas resaltan la aparente circularidad de la estructura de llegada-partida de la novela. Andrea baja las escaleras del piso y recuerda “la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez” (366). La repetición invita al lector a pensar en qué ha cambiado para la protagonista durante su año en Barcelona y preguntarse qué va a hacer Andrea con su vida. Su partida para Madrid deja abierta esta pregunta, sin resolver la tensión entre todos los distintos modelos de feminidad que encuentra en su vida en la ciudad. La Andrea narradora comenta que “de la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces” (366). Hay una implicación de que este año ha tenido efectos en el resto de su vida hasta el momento de narrar, pero es considerablemente ambigua. Es importante que no haya una resolución clara para el futuro de Andrea. A lo largo de la novela, observa las dificultades enfrentadas por cada mujer en encontrar su lugar en el mundo, y se da cuenta de cómo su condición material articula la experiencia femenina. La conclusión de la novela reconoce la dificultad de resolver todas las tensiones de ser mujer, y demuestra que la Andrea narradora quiere respetar la incertidumbre central con respecto a la juventud femenina que retrata la novela.
Conclusión
Nada pertenece al canon literario español del siglo XX porque es una novela rica en puntos de partida para el análisis, en lo que respecta a la construcción del espacio y de los personajes, así como al tratamiento de varios temas desde una nueva óptica femenina. Este ensayo ha propuesto una lectura arraigada en la condición socioeconómica, no como un mero fondo histórico, sino como un factor central en la formación de las relaciones principales en la novela y el desarrollo de la protagonista como mujer. La caracterización de Andrea se basa en la relativa pobreza de su familia barcelonesa, situación que se convirtió en más precaria tras la decadencia socioeconómica de sus parientes después de la guerra. Los comentarios constantes de Angustias sobre la necesidad de su sobrina introducen los temas de la deuda y la caridad desde los inicios de la narración. La joven no se siente en deuda con su familia, pero esto cambia en cuanto conoce a compañeros adinerados en la universidad. El deseo de corresponder a la generosidad de Ena es la fuerza motriz para uno de los momentos clave de la primera parte de la novela, el regalo del pañuelo de su primera comunión. Más tarde, en la segunda parte, una nueva amistad empieza cuando Pons le regala unos libros a Andrea. Esa relación termina por el rechazo de Andrea en la fiesta de clase alta. Según la lectura materialista propuesta, la desigualdad socioeconómica afecta a las relaciones principales que Andrea tiene con sus compañeros, un hecho que no por casualidad articula el arco narrativo de la novela.
También vemos en Nada la intersección de las expectativas sociales para la mujer bajo el régimen franquista y los desafíos propios de distintas clases sociales. Las situaciones de Angustias, Margarita, Gloria y Ena ilustran la aparente imposibilidad de satisfacer al mismo tiempo los deseos propios y las normas sociales. El aspecto socioeconómico revela conexiones poco esperadas entre personajes muy diferentes; por ejemplo, tanto Angustias como Margarita no se casaron con sus primeros amores por diferencias de clase social. También notamos, sin embargo, las disparidades en la experiencia femenina debidas al estado material de cada una. Andrea observa cómo su tía entra en un convento para huir de su vida, mientras Gloria vende muebles al drapaire y sale en secreto para alimentar a la familia. Al otro lado del espectro socioeconómico, hay conclusiones que confinan las posibilidades para la mujer, pero que todavía parecen relativamente preferibles – Ena se casa con su novio adinerado y Margarita encuentra su propósito en la maternidad burguesa. La lectura socioeconómica de las experiencias de las mujeres en Nada refleja el conflicto interior que es universal bajo el patriarcado, pero también la importancia del capital social como un factor central de la experiencia femenina.
La crítica ha discutido el tema de la mujer en Nada desde múltiples enfoques – la emancipación femenina, la mirada, la rareza, entre otros. La contribución del presente ensayo estriba en señalar cómo el aspecto socioeconómico es integral a las relaciones y problemas centrales de la novela. La caracterización de la protagonista y los modelos femeninos que la rodean se basa en una lucha interna entre aspiraciones personales y expectativas sociales. Al situar este análisis en el marco de la materialidad literaria, vemos que los objetos y los gestos materiales operan como signos sociales que traducen las condiciones económicas en forma narrativa. Yendo más allá de la connotación entre plenitud material y felicidad, o de la idealización de la burguesía, esta lectura destaca cómo Nada explora, a través de Andrea, qué significa ser una mujer en el mundo. Sostengo que la trama de la novela está marcada por la desigualdad socioeconómica – entre la familia en la narrativa y su pasado más cómodo, entre Andrea y sus compañeros de la universidad, así como entre las varias mujeres que forman parte de la historia. Un análisis que no considera esta perspectiva analítica pierde la oportunidad de extraer de Nada ideas más amplias sobre las secuelas de la decadencia socioeconómica y el formidable desafío de ser una mujer pobre y joven durante esta época.
Se estima que la autarquía franquista causó más de 200.000 muertes relacionadas con malnutrición y hambre en la década después de la Guerra Civil (del Arco Blanco).
Este ensayo dialoga con temas planteados en la serie de artículos titulada “Is economic inequality also a literary problem?” (Applebaum y del Valle Alcalá, 2020). El análisis del aspecto material en Nada parte del concepto de que la literatura no sólo refleja una realidad social, sino que también ilumina las formas de desigualdad y su papel central en la experiencia que inspira la ficción.
La distancia temporal entre la Andrea narradora y la Andrea protagonista ha sido tratada por varios críticos. No se puede saber exactamente cuándo la voz narrativa está hablando con relación al tiempo narrado. Aunque Ródenas sostiene que “Andrea escribe sobre sus dieciocho años desde sus veinte o veintiuno” (2001, 224), y Petrea afirma que “Andrea narra su historia … al poco tiempo de ocurrir” (1994, 72) el texto mismo – en comentarios como este, o reflexiones sobre “el hambre, la tristeza y la fuerza de mi juventud,” – nos hace pensar que es posible que haya más distancia temporal entre ambas figuras (293). Laforet, sin embargo, mantiene deliberadamente esta ambigüedad temporal a lo largo de la obra.
Una excepción a la posición de Andrea como la persona más pobre es cuando interactúa con un mendigo (269).
“Evitar que los muchachos, demasiado jóvenes todos, y en su mayoría faltos de recursos, invitaran a las chicas” (165). Aquí aparece la noción que Andrea no es la única persona pobre en la Barcelona de la primera posguerra. Sin embargo, la presencia de otros personajes pobres, o simplemente no ricos, queda como mención, mientras que los personajes principales de la vida universitaria son burgueses. Este hecho resalta la intencionalidad de la desigualdad socioeconómica en la obra – podría haber sido escrito con estudiantes pobres, pero no fue así.
Esta dinámica es repetida al final del episodio en el Barrio Chino y la casa de la hermana de Gloria, cuando Juan se apoya en los hombros de su mujer y empieza a llorar (265). A pesar de que Gloria es la víctima de los abusos de su esposo, todavía cumple el papel de consolarle después de su comportamiento infantil y violento.
Ordóñez plantea que Juan sirve como “an ironic parody of the ideal archetype” de hombre en un sistema burgués-patriarcal, con “a desperate impotence compensated for by brute violence, and a non-existent spirit for enterprise” (1976, 63). Con esta lectura, podemos interpretar la violencia de Juan como otro ejemplo de las interacciones entre normas de género y condición socioeconómica.
El supuesto binario de matrimonio-convento viene de una conversación donde Angustias afirma que “es verdad que solo hay dos caminos para la mujer”, el matrimonio y el convento (192).
